Se cumplen ahora cuatrocientos años de la mayor
revolución en el teatro popular desde los antiguos
griegos. Félix Lope de Vega Carpio (1562-1635), a
quien Cervantes calificara de «monstruo de naturaleza
» y hoy, con castiza familiaridad, todos llamamos
Lope, se encargó de que las comedias se convirtieran
en el mayor divertimento popular y en la más excelsa
manifestación artística.
En aquella sociedad estamental del siglo XVII, el
hijo de un bordador estaba abocado -condenado,
podríamos decir- a desempeñar el oficio que su padre
u otro de la misma consideración social.
Sin embargo, Lope de Vega encontró un camino
inédito para ganar dinero y fama: sus versos. Por primera
vez en la historia de la humanidad un poeta
podía prescindir del mecenazgo y vivir de una realidad
nueva, inquietante e imprevisible, un monstruo de mil
cabezas y cien mil pareceres: el público.
Su creación poética le dio un estatus especial. Se
llegó a rezar un credo sacrílego: «Creo en Lope de
Vega, poeta del cielo y de la tierra...».
Este reconocimiento general -frente al que no faltaron
disidentes y críticos muy agresivos- le permitió
actuar a su aire, contraviniendo en más de una ocasión
normas y hábitos sociales. La sucinta enumeración de
sus relaciones amorosas puede trasmitir la falsa imagen
de un donjuán de sentimientos cambiantes e
irresponsables. No fue así. Lope sintió cada amor con
fervorosa intensidad, y en los últimos años de su vida,
reunió junto a sí a los hijos de Micaela de Luján, de
Juana de Guardo y de su último amor: Marta de Nevares,
a la que conoció y trató cuando ya era sacerdote.